Una finca emblemática en la Sierra Morena jienense.
Santa Amalia es un cortijo de referencia en el municipio de Baños de la Encina, en la provincia de Jaén.
La situación del complejo, entre colinas y olivos, y la tradición local, le aportan características únicas y un carácter especial.
Santa Amalia está ubicada en el borde meridional de Sierra Morena, en el término municipal de Baños de la Encina, entre olivares y áreas de dehesa y monte.
Este complejo agrario destaca por su envergadura e importancia en una zona rural de gran tradición olivarera y ganadera.
Santa Amalia a lo largo de los años
En el siglo XVIII, sus tierras formaban parte de la dehesa de Navamorquí, que según el Catastro de Ensenada, era de titularidad de los municipios de Andújar y Villanueva. Contaba con unas 1.860 fanegas de pastos y alrededor de 3.500 encinas. Con el tiempo, estas tierras pasaron a manos de particulares durante los procesos de desamortización del siglo XIX.
En 1866, el precedente del caserío actual, y su explotación asociada, se conocía como Nava de Andújar. Contaba con una casa principal, otra de labor, huerta, una plantación de 19.867 olivos, encinas y un total de 1700 fanegas de tierra.
La finca fue adquirida en 1946 por José María Araúz de Robles.
Por aquel entonces, contaba con cultivos de olivar y cereal, vegetación de bosque, matorral mediterráneo y plantas forrajeras para el ganado caballar. Una parte del suelo era arcillo de campiña, y la otra, de mayor extensión, granítico.
En 1950, el arquitecto Ramón Pajares Pardo, vinculado a la Dirección General de Regiones Devastadas del Ministerio de la Gobernación, construye el caserío como centro colector de una explotación mixta agropecuaria, que cuenta con ganado equino y vacuno.
En 1952, se inaugura la Capilla de Nuestra Señora de la Cabeza.
A finales de la década, Santa Amalia fue declarada por el gobierno franquista «explotación agro-ganadera ejemplar», por el bien social que supuso para el medio rural. En esa época en el cortijo vivían unas sesenta personas.
La superficie actual de la finca es de 613 ha.
El caserío, emplazado a una altitud de 416 m sobre una colina, ha sido objeto de diversas reformas respecto a la construcción original, y presenta una complejidad notable.
El edificio tiene una planta rectangular de trazado ligeramente irregular, organizada en torno a tres patios principales. Sus edificaciones encaladas, con molduras pintadas en tono albero y cubiertas de teja árabe, crean una estampa típica de la arquitectura rural andaluza. En todo el conjunto destacan elementos decorativos como azulejos, pináculos, fuentes y rejas, acompañados de abundante vegetación ornamental y pavimentos de empedrado y losetas cerámicas, que aportan gran personalidad al recinto.
El primer patio es el espacio más representativo del cortijo. En torno a él se sitúan la casa señorial y la capilla, a las que se accede por una escalinata que conduce a una portada de arco parabólico. Este patio ajardinado cuenta con una galería porticada con arcos de medio punto.
La vivienda principal se distingue por un torreón inspirado en las tradicionales torres‑mirador de los siglos XVII y XVIII, decorado con azulejería valenciana firmada por J. Gimeno Martínez.
La pequeña ermita del cortijo presenta una entrada adintelada enmarcada por azulejos decorados con motivos vegetales y animales, entre los que aparecen dos ángeles sosteniendo una medalla de la Virgen de la Cabeza. En su interior destacan el sotocoro de inspiración neomudéjar y un retablo neorrococó realizado por el escultor Francisco Palma Burgos, que alberga una imagen de la Virgen de la Cabeza tallada por José Navas Parejo. La nave está decorada con un zócalo de azulejos con motivos marianos, elaborado en 1963 por el ceramista Rafael Ruiz de Luna.
El segundo patio albergaba antiguamente las dependencias de los trabajadores. Algunas de estas estancias han sido adaptadas como espacios de ocio, mientras que otras recuerdan su uso original, como el pajar o la nave destinada al almacenamiento de aperos de labranza.
El tercer patio conecta con la antigua almazara, donde aún se conservan las instalaciones tradicionales de producción de aceite, como el molino de rulos, las pilas de decantación y los depósitos. Los antiguos trojes destinados al almacenamiento de aceitunas han sido transformados en cocheras.
Al sur se extiende un amplio corral comunicado con las cuadras y boxes de las caballerías, que cuenta con su propio acceso a través de una portada decorada con un panel de azulejos del apóstol Santiago a caballo.
Al oeste del conjunto principal, se levantan tres naves longitudinales independientes. Dos de ellas forman parte del proyecto original del cortijo, mientras que la tercera es de construcción más reciente. En una de estas naves se encontraba la antigua escuela que dio servicio a las familias que vivían y trabajaban en el cortijo.
En los alrededores se encuentran también instalaciones y espacios destinados al manejo del ganado, que reflejan la intensa actividad pecuaria que históricamente ha caracterizado a este lugar.
En el siglo XVIII, las tierras eran de titularidad municipal.
Antecedente del actual cortijo, con casa principal y de labor, y explotación agararia.
La finca pasa a manos de la familia Araúz de Robles en 1946.
Tras múltiples transformaciones, en el cortijo se conserva la herencia olivarera y ganadera de la región.
Entorno privilegiado
El cortijo está ubicado en el borde meridional de Sierra Morena, en la provincia de Jaén, en una finca excepcional con un olivar de marco antiguo.
Un cortijo con historia
Aunque ha tenido diversas reformas, las edificaciones y elementos decorativos siguen reflejando la arquitectura tradicional andaluza.
Explotación mixta
Un complejo de referencia en la producción de aceite, la actividad ganadera y la cría de caballos de la más alta calidad.